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lunes, 5 de febrero de 2018

"Cazadores, campesinos y carbón", de Ian Morris (2016)

Resumen del libro "Cazadores, campesinos y carbón", de Ian Morris (2016)

Resumen original y actualizado en:
http://evpitasociologia.blogspot.com/2016/11/cazadores-campesinos-y-carbon-de-ian.html

https://resumendelibrosdehistoria.blogspot.com/2018/02/cazadores-campesinos-y-carbon-de-ian.html

Resumen por E.V.Pita, doctor en Comunicación, licenciado en Derecho y Sociología
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Título: "Cazadores, campesinos y carbón"

Subtítulo: "Una historia de los valores de las sociedades humanas"

Título en inglés: "Foragers, farmers and Fossil Fuels: How Human Values Evolve"

Edición en español: Ático de los libros, Barcelona, 2016

Páginas: 430

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Biografía de Ian Morris

Ian Morris es doctor en Historia por la Universidad de Cambridge y ocupa una cátedra Jean y Rebecca Willard de Cultura e Historia Clásica en la Universidad de Stanford. Es miembro fundador del Centro de Arqueología de Stanford y ha sido su director durante dos mandatos. Entre 2000 y 2007 dirigió las excavaciones de la Universidad de Stanford en Monte Polizzo, en Italia. Ha publicado trece libros y más de 80 artículos sobre Arqueología e Historia. Su anterior obra ¿Por qué manda Occidente... por ahora? (Ático de los libros, 2014) ganó el premio Pen de No Ficción y se convirtió en un fenómeno de ventas mundial.

Ian Morris ha sido galardonado con premios de la Fundación Guggenheim, la Fundación Mellon, la National Geographic Society y el National Endowment for the Humanities. Vive en las montañas de Santa Cruz, en California.

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Texto de la contraportada:

"¿Qué determina los principios morales de una sociedad? Después del éxito de ¿Por qué manda Occidente... por ahora?, Ian Morris aborda la ambiciosa tarea de explicar la evolución de los valores de las sociedades humanas desde la prehistoria hasta la actualidad. Este es un libro provocador que explica de dónde proceden y cómo y por qué han evolucionado nuestros códigos morales a lo largo de la historia.

En una original propuesta, el libro incorpora capítulos escritos por críticos acérrimos de Morris: el historiador Richard Seaford, el sinólogo Jonathan D. Spence, la filósofa Christine M. Korsgaard y la escritora Margaret Atwood. Morris responde a sus argumentos de forma inteligente e incisiva.

Una vez más, la erudicción y la capacidad de hacer accesibles los procesos complejos de la macrohistoria se dan de la mano en este volumen de Ian Morris, que hará las delicias de los amantes de la historia".

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ÍNDICE

Introducción de Stephen Macedo

1. Cada época tiene las ideas que necesita

2. Cazadores-recolectores

3. Campesinos

4. Combustibles fósiles

5. La evolución de los valores: biología, cultura y la forma de lo que vendrá


COMENTARIOS

6. Sobre la ideología de imaginar que "cada época tiene las ideas que necesita". Richard Seaford

7. Pero, ¿cómo fue de verdad? Las limitaciones de medir los valores históricos. Jonathan D. Spence.

8. Valores eternos, valores que evolucionan y el valor del yo. Christine M. Korsgaard

9. Cuando la luz se apague: los valores humanos después del colapso de la civilización. Margaret Atwood

RESPUESTA

10. Mi punto de vista correcto sobre todo. Ian Morris.

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Resumen

El autor cuenta que estando en una excavación en Grecia vio a un hombre llamado George paseando en mula mientras su anciana mujer cargaba una gran cesta con la espalda doblada. Le preguntaron por qué y George contestó con naturalidad: "Ella no tiene una". Pensaron que estaba de broma pero el autor le dio vueltas al asunto y se preguntó porqué las sociedades campesinas habían interiorizado esos valores de sumisión de la mujer y no otros.

El libro divide la historia humana en tres grandes etapas: la cazadora-recolectora, la agraria y la industria del carbón y petróleo. Morris dice que cada época ha adaptado sus valores a las circunstancias para mejorar la eficiencia del sistema.

Por ejemplo, en la época de cazadores-recolectores no hubo grandes acumulaciones de riqueza porque el grupo hacía presión para que los más ricos compartieron el fruto de su trabajo (pues la abundante caza o fruta o grano recolectados se iban a pudrir si no lo repartía entre otros, con la esperanza de que otro le ayudase un día que él estuviese necesitado.
Estos pequeños grupos tampoco estaban jerarquizados porque se burlaban de aquellos que, en un momento de éxito, se creían con derecho a ser jefes. Un asunto que podía acabar violentamente cuando el humor y las chanzas no eran suficientes para frenar al arribista. De este modo, había un índice de homicidios bastante alto.
Las mujeres tenían cierta participación en las decisiones.
Producían 5.000 calorías al día

La sociedad agraria se planteó otro tipo de valores más proclives a la jerarquía y la concentración de riqueza y propiedad. Las grandes plantaciones de grano obligaban a crear asentamientos, por lo que hubo una mayor concentración humana. Para poder dirigir todo el entramado de cosechas, riegos y recolección fue necesario implantar una autoridad central férrea que exigió obediencia porque un error en la cadena podía suponer la pérdida de una cosecha. Empiezan a surgir las religiones que fomentan un mundo jerarquizado y patriarcal, de forma que el mundo agrario mejoró su eficiencia.
El monopolio de la violencia pasó a detentarla una élite gubernamental, que a cambio de sumisión y obediencia, y pago de impuestos, garantizó orden y paz a los pueblos. Este sería el "contrato social" original, muy alejado de la idea de Hobbes del estado original del "todos contra todos".
Poco a poco surgen grandes civilizaciones agrarias en Egipto, Siria, Persia aunque sus mayores exponentes fueron Roma y China.
Otra de las cuestiones de esta era agraria es que la esclavitud era necesaria para realizar trabajos intensivos en las obras públicas o las plantaciones. Sin esa mano de obra forzada, no podían arrancar las grandes infraestructuras públicas. Los campesiones asimilaron su pobreza como necesaria, del mismo modo que les parecía natural que hubiese ricos.
También hubo una completa sumisión de la mujer al hombre y a la unidad familiar. La mujer fue apartada de la vida pública.
Producían 10.000 calorías al día.

En torno al año 500 AC, surgieron varias ideologías completamente disruptivas que desafiaron el control absolutista de Agraria (sociedades comunes con los mismos valores). Filósofos griegos, pensadores moralistas como Confuncio y luego los religiosos Jesús y Mahoma se enfrentaron a las contradicciones de la sociedad agraria, profundamente desigual,  e intentaron hacer a todos iguales. Aunque esas ideologías fueron absorbidas por las élites (por ejemplo, Roma asimiló el Cristianismo), en el fondo ya se había dado un paso más lejos, lo que conformó la época actual.

De la evolución de dicho pensamiento surge una nueva sociedad, la Industria del carbón y otras fuentes de energía dispararon la producción desde 30.000 calorías a cientos de miles.       

miércoles, 3 de enero de 2018

"Homo Deus", de Yuval Noah Harari (2015)

Resumen del libro "Homo Deus", de Yuval Noah Harari (2015)

Resumen original y actualizado en:
http://evpitasociologia.blogspot.com/2017/06/homo-deus-de-yuval-noah-harari-2015.html

https://resumendelibrosdehistoria.blogspot.com/2017/12/resumen-del-libro-homo-deus-de-yuval.html

Resumen del libro por E.V.Pita, doctor en Comunicación y licenciado en Derecho y Sociología

Sociología, historia de la civilización, genética, tecnología, ciborgs, liberalismo, la singularidad, humanidad

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Título: Homo Deus

Subtítulo: Breve historia del mañana

Título en inglés: Homo Deus. A Brief History of Tomorrow

Autor:  Yuval Noah Harari

Edición en hebreo: Israel, 2015

Edición en español: Penguin Random House Group, Barcelona, 2016

Páginas: 490

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Biografía oficial del autor Yuval Noah Harari  (hasta el 2016)

Yuval Noah Harari nació en 1976 y es profesor de Historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Se especializó en historia medieval y militar, pero, tras doctorarse en la Universidad de Oxford, pasó al campo más amplio de la historia del mundo y los procesos macrohistóricos. Sus libros incluyen Special Operations in the Age of Chivalry (1100-1550), The Ultimate Experience, Battlefield Revelations and the Making of Modern War Culture, 1450-2000, The Concept of "Decisive Battles" in World History y Armchairs, Coffe and Authority, Eye-witnesses and Flesh-witnesses. Speak about War, 1100-2000. Su libro Sapiens. De animales a dioses ha sido un éxito internacional: se ha traducido a treinta idiomas y se han vendido más de un millón de ejemplares.

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Texto de la contraportada

"¿Qué nos deparará el futuro? Yuval Noah Harari, autor bestseller de Sapiens. De animales a dioses, augura un mundo no tan lejano en el cual nos veremos enfrentados a una nueva serie de retos.

Homo Deus explora los proyectos, los sueños y las pesadillas que irán moldeando el siglo XXI, desde superar la muerte hasta la creación de la inteligencia artificial.

Cuando tu "smartphone" te conoce mejor de lo que te conoces a tí mismo, ¿seguirás escogiendo tu trabajo, a tu pareja y a tu presidente?

Cuando la inteligencia artificial nos desmarque del mercado laboral ¿encontrarán los millones de desempleados algún tipo de significado en las drogas o los juegos vituales?

Cuando los cuerpos y los cerebros sean productos de diseño ¿cederá la selección natural el paso al diseño inteligente?

Esto es el futuro de la evolución. Esto es Homo Deus.

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ÍNDICE

1. La nueva agenda humana

Parte I - Homo sapiens conquista el mundo

2. El Antropoceno

3. La chispa humana

Parte II. Homo sapiens da sentido al mundo

4. Los narradores

5. La extraña pareja

6. La alianza moderna

7. La revolución humanista


Parte III. Homo sapiens pierde el control

8. La bomba de tiempo en el laboratorio

9. La gran desconexión

10. El océano de la conciencia

11. La religión de los datos

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RESUMEN

Comentarios iniciales: El autor Yuval Noah Harari sigue la estela de otros autores como Kurzwell al abordar el problema de la "singularidad" (el momento en torno a 2040 en el que la inteligencia artificial supera en capacidad a los humanos y, debido a un crecimiento exponencial de su conocimiento, deja obsoletos a los seres humanos como especie).

El autor comienza hablando de los algoritmos (recetas) como medio de programar una tarea pero también como sistema gracias al cual funcionan los seres vivos. Aunque cree que hay algo más.

En el libro, Harari retoma este problema como algo que ya tenemos en nuestros "smartphones" y el Big Data, tecnologías que ya son el día a día. Cree que los avances genéticos y las terapias génicas permitirán alargar la vida hasta los 200 años y diseñar nuestros cuerpos para resistir las enfermedades e incluso eludir el envejecimiento. Si todo va bien y no hay accidentes, cualquier persona podría ser teóricamente inmortal (porque sus células no envejecerían). Por ese motivo, cree que va a haber conflictos porque todos querrán eludir la muerte, incluso los más pobres, y todos querrán acceder a las terapias génicas que les concedan la inmortalidad o, al menos, les evitarán el envejecimiento, aunque inicialmente estarán reservadas a los más pudientes, que también son ahora los que pueden pagar operaciones y revisiones médicas que les permiten llegar estupendamente a la senectud. [nota del lector: supongamos que todo el mundo quedase "congelado" con la edad y el vigor de los 25 años aunque tuviese 200. Se podrían programar los telómeros de los células para que todo el mundo falleciese a los 200 años tras llevar una vida tranquila y sana aunque siempre habrá quien quiera estirarla más, quizás algún rico que se lo pudiese pagar].

Por otro lado, Harari se pregunta qué tipo de relación va a haber entre la gente corriente y esos superhumanos (los primeros que alcancen la inmortalidad). Para hacerse una idea de lo que le espera al ciudadano común no hay más que ver lo que les pasó a los indígenas de América al chocar con la cultura europea o con los miles de pollos que crecen en una granja avícola. El autor se detiene largo rato en la suerte que han corrido los animales explotados por el homo sapiens; en la Edad Media gallinas y otros animales domésticos corrían por los pueblos sin que nadie se metiese con ellos pero en la Edad Moderna son sometidos a procesos de cultivo eficiente en granjas con cubículos estrechos y donde reciben la cantidad exacta de pienso para engordar antes de ser sacrificados.

Harari señala que vivimos en la era del Antropoceno donde el hombre ha roto con la Naturaleza y usa todos los recursos para explotar a los animales. La ideología de los agricultores declaró soberano al homo sapiens porque tenía alma y los animales no, y por lo tanto, no sufrían. En la era industrial, se buscó el alma pero nadie parece haber dado con ella por lo que se dijo que la diferencia estaba en que el hombre era consciente y el animal se guiaba por impulsos programados y carecía de libre albedrío. La consciencia la entendemos como no una repetición de algoritmos sino como una extracción lógica de un comportamiento: por ejemplo, un perro puede ladrar sin saber muy bien el motivo mientras que un ser humano adulto entiende todas sus motivaciones y el por qué de su conducta.

El hombre, en el siglo XIX, era considerado una máquina de vapor y ahora se le compara con un ordenador pero las piezas siguen sin encajar porque por mucha inteligencia artificial y algoritmos que tenga una máquina jamás será consciente de sí misma por lo que la mente es algo más que un ordenador tal y como lo conocemos ya que el cerebro parece ser un ente consciente que tiene miedo, sorpresa, etc.., algo más que meros algoritmos. Pero, o bien, muchos animales también lo son (pues algunos son capaces de planificar el futuro, como el gorila del zoo que atesoraba piedras para lanzárselas a los visitantes cada mañana). Esa "chispa" humana quizás no sea suficiente para explicar por qué el "homo sapiens" ha llegado tan lejos y nos los delfines o los chimpancés. Una idea es que además están organizados en redes flexibles, lo que les ha permitido inventar la energía nuclear mientras que las hormigas y las abejas jamás han montando, ni de lejos, un reactor nuclear en sus colmenas ni hormigueros y durante millones de años han obedecido las mismas directrices. [nota del lector: supongamos que dejamos esparcidas por el suelo cerca de un hormiguero las piezas metálicas necesarias para montar una canalización que llevase agua o aire a la cámara real, ¿serían capaces de sacarle un uso?] 

El autor hace un repaso al sentido de la vida. En la era antigua, las normas las ponían los dioses y eran los que le daban sentido al mundo y daban las órdenes que los humanos debían obedecer. Lo mismo ocurrió en la Edad Media: si se perdía una batalla y se moría en ella, era designio del Señor, su muerte formaba parte de una cosmovisión, algo que tenía un sentido que no alcanzaba la mente común. No había nada que explicar. El primero que empezó a pensar en términos materialistas fue el historiador griego Heródoto que no atribuyó las guerras con Persia a la voluntad de los dioses sino a la política e intrigas de Persia y otras cuestiones sociales y económicas. Fue un pensador moderno y familiar a un lector de nuestra época. Harari llega a la conclusión de que aquellos que supieron leer y entender mejor la realidad (los pensadores liberales) fueron quienes lograron conquistar el mundo. Sin embargo, se perdió el sentido de la vida ya que las cosas sucedían por decisiones del hombre. Fue así como surgió el humanismo, el atribuir un sentido a ser feliz e indagar en los propios sentimientos. El individuo libre frente al orden medieval.

Una de las ideas más estimulantes del desarrollo liberal y humanista ha sido la noción de crecimiento económico, ese aumento constante del PIB, el motor del capitalismo. El crecimiento desborda el equilibrio de los recursos naturales y de las poblaciones animales (juego de suma cero, si hay más zorros, habrá menos gallinas; en el mundo natural no crece la producción de gallinas un 3 % anual para compensar el aumento de población de los zorros). Hay una auténtica ideología detrás para fomentar el crecimiento del PIB, algo que apenas interesaba a los señores feudales de la Edad Media. El afán por el crecimiento fomenta la producción y crea riqueza pero, a costa, de supeditar al resto de la Naturaleza al interés humano: grandes presas que inundan poblaciones antiguas, contaminación de ríos y mares en nombre del progreso que hunden la pesca. La idea final es que para que haya crecimiento la ganancia hay que reinvertirla en hacer más fábricas, producir más y generar más empleo.

En la segunda parte del libro, el autor debate sobre las grandes religiones y la ideología moderna que consagra al hombre, el humanismo (escindida en tres ramas: liberalismo (libertad para el individuo, libre mercado), socialismo-marxismo (planificación de la producción, el partido ya piensa por las masas ignorantes) y evolucionista (nazismo, que dice que la guerra selecciona a los fuertes y mejores)). Harari explica que la ideología humanista defendía la libertad del individuo (y no discutía sobre conflictos ni sermones morales sino sobre hechos y producción) y que, tras atravesar momentos difíciles entre 1914 a 1989, el liberalismo (que consagra la libertad del elección del votante, la mujer, el inversor) ha sobrevivido y no hay una alternativa viable (señala que la amenaza del fundamentalismo islámico no podrá reemplazar a nada porque en la era de las computadoras no es viable y los intérpretes de sus textos sagrados difícilmente encontrarán las respuestas para resolver los problemas tecnológicos clave de nuestra época o sacar del paro de millones de jóvenes; lo mismo para el cristianismo, que se ha convertido en una religión que reacciona contra los avances tecnológicos y cuya Biblia no siempre tiene respuesta para los conflictos morales y éticos de una sociedad hipertecnológica). Algo parecido le ocurrió al marxismo y la URSS, incapaz de comprender la importancia de la era digital, y el propio Marx (que fue uno de los pocos que supo intuir las consecuencias de la época de la máquina de vapor y comprender hacia dónde iba el mundo) habría dicho a sus seguidores que dejasen de leer El Capital y leyesen artículos científicos sobre genética e inteligencia artificial.
Señala que entre 1914 y 1945, los humanistas se dividieron en tres bandos (demócratas, comunistas y fascistas) y entablaron una sangrienta guerra para dirimir una cuestión tan baladí como cuál es el "mejor modo de producción". Incluso ahora la China "capital-comunista" no parece ser una opción para nadie porque ni ellos mismos saben qué tipo de sociedad son.

En la tercera parte, el autor ahonda en la sociedad futura. Para empezar, ya hay en marcha una pseudorreligión en Silicon Valley que promete la "inmortalidad" cibernética (tus pensamientos y tu vida quedan grabados en un disco duro para insertarlos en tu clon). Por otro, hay serias dudas sobre el libre albedrío, ya que parece que la propia selección natural elimina a aquellos consumidores que "eligen" comer setas venenosas y agua envenenada y sobreviven los que hacen elecciones "buenas".

En las páginas finales del libro, el autor advierte de las tres amenazas al liberalismo: 1) los humanos perderán completamente su valor (su puesto de trabajo se lo quitará un algoritmo o un robot) 2) los humanos seguirán siendo valiosos colectivamente pero perderán su autoridad individual y, en cambio, serán gestionados por algoritmos externos. La IA nos conocerá mejor que nosotros mismos y tomará por nosotros las decisiones importantes y estaremos encantados de que lo haga. "No será un mal mundo pero será un mundo posliberal" (Harari, 2016:378).
La tercera amenaza para el liberalismo es que algunas personas seguirán siendo a la vez indispensables e indescifrables, pero constituirán una élite reducida y privilegiada de humanos mejorados. Estos superhumanos gozarán de capacidades inauditas y de creatividad sin precedentes, lo que les permitirá seguir tomando muchas de las decisiones más importantes del mundo. Desempeñarán servicios cruciales para el sistema, mientras que el sistema no podrá entenderlos ni gestionarlos. El resto de los humanos será una casta inferior, dominada por los algoritmos y los nuevos superhumanos. [nota del lector: pronto habrá mestizos]

El autor llega a la conclusión de que ahora hay un tecnohumanismo que casi funciona como una secta.

Harari termina el libro diciendo que hay tres procesos interconectados:

1 - La ciencia converge en un dogma universal, que afirma que los organismos son algoritmos y que la vida es procesamiento de datos.

2 - La inteligencia se desconecta de la conciencia.

3 - Algoritmo no conscientes pero inteligentísimo pronto podrían conocernos mejor que nosotros mismos.

Estos tres procesos plantean tres interrogantes:

1 - ¿Son de verdad los organismos solo algoritmos y es en verdad la vida solo procesamiento de datos?

2 - ¿Qué es más valioso: la inteligencia o la conciencia?

3 - ¿Qué le ocurrirá a la sociedad, a la política y a la vida cotidiana cuando algoritmos no conscientes pero muy inteligentes nos conozcan mejor que nosotros mismos?

El autor advierte que hay que trabajar sobre este asunto porque "el mundo está cambiando más deprisa que nunca y estamos inundados por cantidades imposibles de datos, de ideas, de promesas y de amenazas. Los humanos, dice, ceden su autoridad al libre mercado, al conocimiento masivo y a algoritmos externos debido en parte a que no pueden abarcar el diluvio de datos. Hay sobreabundancia de datos y se pierde el tiempo discutiendo de asuntos secundarios.

Señala que hay un dogma "dataísta" que se apodera del mundo. ¿por qué el dataísmo no se iba a convertir en una nueva religión? Es algo que ya se está propagando y un paradigma científico unificado puede convertirse fácilmente en un dogma irrefutable. Hasta los debates interdisciplinarios podrían fortalecer aún más. Prometerá la mejora de la salud, la felicidad y el poder, la inmortalidad, la dicha y la satisfacción de las aspiraciones humanas de modo que los algoritmos lo harán todo por nosotros. Llegados a ese punto, los proyectos humanistas podrían volverse irrelevantes.

Harari advierte que el dataísmo puede amenazar con hacer al Homo sapiens lo que el Homo sapiens ha hecho a todos los demás animales. La red global humana ha subordinado el planeta a sus intereses y se ha adjudicado los logros y se infravaloraba la vida de los demás animales.Los humanos perderán su importancia en esta red.

jueves, 14 de diciembre de 2017

"Guerra, ¿para qué sirve?", de Ian Morris ( 2014)

Resumen del libro "Guerra, ¿para qué sirve?", de Ian Morris ( 2014)


Resumen del libro original y actualizado:
https://evpitasociologia.blogspot.com/2017/11/guerra-para-que-sirve-de-ian-morris-2014.html

https://resumendelibrosdehistoria.blogspot.com/2017/12/resumen-del-libro-guerra-para-que-sirve.html

Resumen elaborado por E.V.Pita, doctor en Comunicación Social y licenciado en Derecho y Sociología

Sociología, Historia, cambio social, historia de la civilización, estructura social

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Título: "Guerra, ¿para qué sirve?"

Subtítulo: El papel de los conflictos en la civilización desde los primates hasta los robots

Título original en inglés: "War! What is it Good for?"

Edición en inglés: 2014

Edición en español: Barcelona, 2017, Ático de los libros

Número de páginas: 639
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Biografía oficial del autor Ian Morris (hasta 2017)

Ian Morris es doctor en Historia por Cambridge. Vive en las montañas de Santa Cruz, en California, junto a su esposa, gatos y perros y es profesor de Historia del Mundo, Arqueología, Cultura Clásica en la Universidad de Stanford, donde ha sido director del departamento de Cultura Clásica, director del Instituto de Historia de las Ciencias Sociales y del Centro de Arqueología, así como el decano adjunto de la Facultad de Humanidades y Ciencias. En 2009, fue galardonado con el Dean's Award por la excelencia de sus clases. Ha dirigido excavaciones arqueológicas en Gran Bretaña, Grecia e Italia.

Ha publicado diez libros entre los que destaca "¿Por qué manda Occidente... por ahora?" (Ático Historia, 2014). Ha sido galardonado con premios de la Fundación Guggenheim, la Fundación Mellon, la National Geographic Society y el National Endowment for the Humanities y es titular de la Cátedra Jean y Rebecca Willard de Clásicos.

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Texto de la contraportada 

"En este fascinante libro, el historiador y arqueólogo Ian Morris investiga el papel de la guerra a lo largo de la historia. Partiendo de esa premisa, "Guerra, ¿para qué sirve?" nos ofrece un sensacional relato de la violencia a través de los siglos y llega a la sorprendente conclusión de que la guerra ha hecho del mundo un lugar más seguro y próspero. Morris explica que, en la Edad de Piedra, había una posibilidad entre diez o incluso entre cinco de morir violentamente, mientras que en el siglo XX, pese a dos guerras mundiales, la bomba atómica y el holocausto nazi, menos de una de cada cien personas murió a manos de otra.

¿Es posible que algo tan espantoso como la guerra haya sido una fuerza positiva en el avance de la civilización? Morris expone cómo, a lo largo de quince mil años, la guerra ha contribuido de forma decisiva a crear sociedades más grandes y complejas, las cuales, a su vez, han hecho que la vida de sus ciudadanos fuera más segura.

Por último, al comprender exactamente el funcionamiento y la utilidad de la guerra, estaremos en mejor posición posible para saber si, de una vez por todas, se puede acabar con ella".

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ÍNDICE

Introducción: la amiga del enterrador

1. ¿La tierra baldía? Guerra y paz en la Antigua Roma

2. Enjaular a la bestia: las guerras productivas

3. Los bárbaros contraatacan: las guerras contraproducentes (1-1415 d.C)

4. La Guerra de los Quinientos Años: Europa (casi) conquista el mundo (1415-1914)

5. Tormenta de acero: la guerra por Europa (1914-década de 1980)

6. Con uñas y dientes rojos: por qué los chimpancés de Gombe fueron a la guerra

7. La última gran esperanza del mundo: el Imperio estadounidense (1989-?)

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RESUMEN

Habría que encuadrar este libro junto al de Monbiot y otros que defienden un orden mundial, un gobierno global que cree un gran espacio de comercio y cultura e impida los actuales abusos de la globalización donde las grandes multinaciones campan a sus anchas debido a la distinta legislación mundial.

El libro parte de la tesis de que las guerras por la expansión del territorio (que él denomina guerras productivas) crean espacios de gobernabilidad mayores y traen una posterior paz y prosperidad a esas tierras. Por contra, hay otro tipo de guerras defensivas que son "contraproductivas" y que mantienen a los contendientes en un peligroso equilibrio y conflicto perpetuo (en plan guerras feudales).
Así, como ejemplo de guerras productivas están las del Imperio Romano, que pacificó todo el Mediterráneo y el Atlántico Norte y llevó la paz a 60 millones de habitantes que antes vivían enfrentados en conflictos tribales. Lo mismo pasó con la China de la dinastía han o la India. Enormes civilizaciones antiguas, que funcionaban como "bandoleros sedentarios" recaudando impuestos, mantuvieron la paz y favorecieron la agricultura durante muchos siglos. Añade que los antropólogos que estudiaron las tribus del Amazonas durante 30 años descubrieron que una gran parte de los habitantes moría en conflictos violentos, asesinado, en peleas... mientras que en el siglo XX el hombre occidental, a pesar de las dos guerras masivas, tiene una probabilidad de 1 o 2% de morir en un conflicto armado o hecho violento, ya que la violencia ha sido prácticamente erradicada en las civilizaciones más avanzadas donde hay un Estado fuerte.

[nota del lector: el fallo de este argumento es que para conseguir la Pax Romana y mantener la prosperidad durante dos siglos (el I y II DC), Roma libró siete siglos de guerras (con otros pueblos de Itálica, con Cartago, con Galia), masacrando a millones de indígenas europeos o esclavizándolos, para luego disfrutar de dos siglos de paz antes de volver al caos con las guerras civiles propias de un Estado fallido seguidas de una mayor matanza con la invasión de los bárbaros. El balance del Imperio Romano fueron 9 siglos de guerra y conquista, asolando a fuego todo el Mediterráneo y el Atlántico, dejando una estela de millones de muertos, para disfrutar dos siglos de paz, que no duró mucho ya que luego le siguieron otros diez siglos de guerra constante entre señores feudales a lo largo de la Edad Media, por lo decir las guerras entre potencias europeas que siguieron otros 500 años hasta la hecatombe de 1914-1945. Reconstruir el imperio Romano llevó 1.500 años de guerra y sin ningún éxito hasta que, pacíficamente, se firmó el tratado de la UE]


Las grandes civilizaciones antiguas y su caída

El libro arranca con un pasaje de Tácito sobre la guerra de Agrícola en Britania contra los pictos o actuales escoceses. El líder britano Calgaco arentó a miles de guerreros bárbaros para aplastar a las legiones de Agrícola que avanzaban. Avisó de que los romanos solo dejaban tras de sí "tierra baldía". Frente a esta concepción de Roma como ejército que arrasa con todo, está la de Cicerón que canta el orden que se impuso en el Imperio y en el que florecen las artes y las letras superada ya la barbarie de tribus ferozmente enfrentadas entre sí para robar ganado o agua. Con Roma, impera la paz. El autor apuesta por la visión de Cicerón, porque es la que se debe adoptar a largo plazo, la de la creación de una gran civilización que permite territorios llenos de paz, mientras que la del gran jefe  Calgaco es cortoplacista, solo ve la humareda de las cosechas quemadas por las legiones que avanzan hacia él a combatir. 

Ian Morris sostiene que una vez que un Estado alcanza una dimensión grande, tiene incentivos para mantener la paz en su territorio, recaudar impuestos, proteger a su población, etc... aunque sea para que otros no le roben el botín. Si en el pasado, los jefes guerreros eran feroces asesinos, luego devinieron en administradores del territorio conquistado para sacarle buenas rentas. Crearon un estado "hobbesiano" por el que mantenían el orden y el monopolio de la violencia. Esta idea caló de que el Estado era el único con derecho a ejercer la violencia por lo que cualquier pelea, crimen, etc... hecho por un ciudadano era inmediatamente castigado. Al tratarse de un poder fuerte, pocos se podían oponer y el territorio quedó pacificado, por lo que la agricultura y el comercio prosperó sin temor a ataques de bandoleros.

 Es lo que el estadista inglés Hoobes llamó el Estado Leviatán, como un gran poder que contrarreste la violencia natural de los hombres, ya que ellos mismos son lobos para el hombre. Frente a esta idea de que el hombre es un mono ultraviolento está la que extendió Margareth Mead, en un conocido estudio antropológico sobre los nativos de Samoa,  de que el hombre es bueno en su estado salvaje y tiende al amor y la fraternidad con sus semejantes, un poco la filosofía hippie. Pero el autor replica que los samoanos le "tomaban el pelo" a Margareth Mead para reírse de ella, según confesaron unas ancianas recientemente.

El autor se adelanta a muchas de las críticas siendo el argumento principal que los lectores le opones el de "¿Y qué nos dices de Hitler?". Morris replica que el "fuhrer" fue un brutal dictador que impuso su propio Leviatán asesino en toda Europa. Añade que la Alemania nazi era un gobierno dominado por una élite del partido y que tenía objetivos genocidas en un 50 % pero en otro 50 % protegía a sus ciudadanos, pero en todo caso, resultó ser un Estado fallido que fue aplastado por otros Leviatán todavía más poderosos. Recuerda que derrotada y eliminada Alemania como adversario, la guerra siguió en otros lados (en Japón), con nuevas y brutales matanzas. Viene a decir que la Alemania nazi era similar a un virus asesino que mató al paciente, como un caso extremo de Estado asesino que no prosperó porque los otros Estados se dieron cuenta de su peligrosidad y entre todos lo aplastaron. Por tanto, lo considera un caso extremo y raro en su argumentación, que estaría encuadrado como una tiranía que explota y asesina a sus súbditos, en la escala máxima de violencia.

El autor añade que hay otros niveles de Estado: la democracia, el gobierno populista, la aristocracia y la tiranía, y cada uno de ellos se mueve por distintos objetivos e intereses. En el caso de Roma, se trataba de un gobierno de la élite aristocrática cuyo objetivo era enriquecerse mediante la conquista pero que también cuidó de que el pueblo estuviese seguro mediante la ley y el Derecho y que por eso fue un Estado viable y próspero mientras duró. Lo mismo pasó en Egipto. El Estado Asirio era otro tipo de tiranía pero mantuvo seguro su territorio y prosperó.

Ian Morris también examina la escalada bélica desde que las guerras movilizaron a pie a la infantería de los egipcios y persas, con expertos tiradores de flechas, hasta que los arqueros disparaban flechas desde carros y los romanos y griegos inventaron la disciplina (ideal frente a las tribus celtas donde cada uno hacía lo que quería) y fabricaron a gran escala espadas de hierro muy baratas con las formaron enormes ejércitos baratos de hombres libres y que revolucionaron la guerra en el cuerpo a cuerpo (mientras en Oriente atacaban desde lejos o con elefantes, como en la India o como hizo Aníbal).
El gran problema estratégico para las grandes civilizaciones, que movían enormes ejércitos a pie, surgió en el mismo momento que tuvieron que enfrentarse a la caballería de los pueblos nómadas (sártrapas, hunos...), brutales, feroces, y bandidos ágiles y fugaces. La muralla de Adriano o la Gran Muralla China, que durante siglos contuvieron a los bárbaros, no sirvieron de mucho cuando los invasores formaron enormes coaliciones y entraron en la frontera arrasando todo.

 Persia fue la primera en reaccionar ante los bandidos de la estepa y creó lo que es la actual caballería pesada: caballeros con armadura y yelmo y armas pesadas, prácticamente invencibles. Los romanos tuvieron que imitarles y China también, la caballería pasó a ser decisiva en estas guerras contra los nómadas y, aún así, estos arrasaron Eurasia, de una punta a otra, derribaron el Imperio Romano, el Indio y el Chino, que durante siglos solo volvieron a ser sombras de lo que fueron. Fue una debacle de las grandes civilizaciones que tardó mil años en recuperarse.

A todo ello se suma que las grandes civilizaciones, Roma y China, se desmoronaron simultáneamente en el siglo II DC a causa de una brutal peste que arrasó el continente de una punta a otra, con legiones enfermas que morían a miles en los campamentos, donde el virus infectaba con mayor rapidez. Entre las enfermedades globales y los jinetes nómadas, que causaron un "efecto dominó" al empujar a los bárbaros al interior del territorio romano y de otros pueblos lindantes con China a la India o China. Estas emigraciones masivas de refugiados añadieron más caos y, en 80 años, el Imperio Romano había dejado de existir y en su lugar se formaron reinos bárbaros controlados por señores de la guerra. El intento de Bizancio de reunificar el Mediterráneo fue muy flojo pues no tenía los medios necesarios y cuando el Islam controló el mismo mar, desde Lisboa hasta Pakistán, no pudo funcionar como un megaestado porque los califas dirigían sus propios reinos sin atender a nadie o peleaban entre sí, según señala el autor. 

En el caso de China, las distintas dinastías lograron reunificar el imperio para volver a disolverse poco después. Los herederos de Carlomagno también fracasaron. Durante mil años hubo un ciclo de guerra-civilización-guerra tanto en Europa como en China e India. 

Otro de las distinciones que aborda Morris es la llamada guerra productiva y la contraproductiva. Dice que Roma hizo guerras productivas hasta el siglo I, en las que sus conquistas eran rentables porque ampliaban el territorio y lograban cuantiosos botines. Pero tras la derrota de cuatro legiones en el bosque de Tettoburgo, en el año 9, Augusto ordenó una guerra defensiva y repliegue a las fronteras seguras. A partir de entonces, la guerra fue contraproductiva porque, por un lado era defensiva, y por otro la ganancia de nuevos territorios como Dalmacia, Rumanía, Siria, salían muy caros, incluso por encima del coste, y apenas rentaban nada. China también entró en un ciclo de guerras contraproductivas para defender su frontera de los nómadas, que requerían enormes ejércitos de caballería que hacían guerras preventivas. No obstante, el autor aclara que esas guerras preventivas a veces disuadían a los nómadas de volver a cruzar las fronteras durante cien años, por lo cual también era rentable.

El poder mundial de Europa

Hasta el año 1018, no se hace una nueva escalada armamentística. Esta vez será la invención de la pólvora en China, que usaron para hacer fuegos artificiales o como arma incendiaria, pero no para lanzar proyectiles a gran velocidad, algo que sí aprovechó Occidente.

Europa fue el ganador de la carrera armamentística de la pólvora porque los distintos reinos feudales la adoptaron entusiasmados. Primero, sus cañones derribaron las murallas de los castillos   (los turcos copiaron la idea para conquistar Costantinopla)  y luego, en torno al año 1470, se empezaron a usar arcabuces con gancho. No pudieron sustituir a la caballería hasta que inventaron los holandeses el sistema de carreta o "lagger", mediante el cual las carretas se disponían en círculo y servían de muralla contra los caballos y parapeto para los cañones. A estas alturas, Europa ya había superado a Asia y siguió el avance cuando las potencias europeas dotaron de cañones a los galeones y barcos de línea, con lo que los mares fueron europeos por su gran potencia de fuego. A ello se sumaron tácticas prusianas como las líneas de fusileros que avanzaban en línea hasta convertir sus ejércitos en paredes que escupían fuego, según contaban los supervivientes.

El autor dice que el norte de Europa se distanció del resto del mundo porque permitió el libre comercio frente a los estados del Sur que aún promovían el monopolio comercial. De esta forma, Gran Bretaña dominó todos los mares del mundo e impuso su ley hasta convertir el siglo XIX el mundo en un lago británico mantenido por un orden global inglés.

Desde el punto de vista de la "rentabilidad" de las guerras, el autor dice que Europa masacró a millones de nativos en América (sobre todo por las enfermedades que redujeron la población a la mitad), Asia (India) y esclavizó a varios millones más en África, pero que en gran parte tuvo como consecuencia una ampliación del territorio europeo y la paz en Europa prácticamente desde 1715 a 1800 y de 1815 a 1914. Según su teoría, al final este ciclo de guerras de expansión trajo la paz al mundo y millones de súbditos vivieron en paz y progreso en las colonias británicas (y las hispanas también durante cuatro siglos). [nota del lector: nuevamente vemos un argumento un poco capcioso porque parece que lo que quedó fue más tierra baldía que otra cosa]

Morris señala que hay un ejemplo que podría invalidar su tesis y se refiere a la guerra de Independencia de EE.UU., pues sería el típico ejemplo de guerra contraproductiva que genera mayor caos y violencia al dividirse el imperio británico en dos y, sin embargo, generó una mayor riqueza y prosperidad para el nuevo país y la antigua metrópoli. El autor replica que la clave de por qué esta vez fue distinto hay que buscarla en el comercio; el propio Adam Smith señala que dejar a los operadores y a la mano invisible del mercado trabajar con mayor libertad generará mayor riqueza, como así ocurrió. La libertad comercial benefició a ambos países, así como la fluidez del crédito, que permitió a EE.UU. tender una gran red de ferrocarril a partir de 1830.

El dominio europeo en el mundo se limitaba hasta el siglo XIX a proteger fuertes en la costa en enclaves asiáticos sin preocupar mucho a los gobernantes de la India o China. Si había una batalla naval entre Holanda e Inglaterra por el dominio de Indonesia, los gobernantes asiáticos lo consideraban una "molestia" o una "guerra comercial". Lo mismo pasaba en el Congo y el resto de la costa, donde los portugueses tenían que comprar esclavos a los jefes locales a cambio de armas sin adentrarse en el territorio por miedo a las enfermedades, salvo en Sudáfrica, que estaba libre de gérmenes letales para el hombre blanco. Eso cambió a partir de mediados del siglo XIX, cuando los médicos occidentales lograron vacunas contra las principales enfermedades tropicales, salvo la fiebre amarilla. De repente, el interior de África y Asia quedaron a merced de los europeos, cuyas principales potencias se repartieron el mundo en pacíficos congresos.

 Inglaterra creó un vasto imperio multicontinental en Canadá, Australia, India, Sudáfrica, Zimbawe, Kenia, Sudán, Hong-Kong y otras colonias en el Caribe o el Pacífico aunque impuso un orden global de comercio y crédito que subyugó a países nominalmente independientes como Argentina o Chile. Su poder naval servía de policía mundial allí donde hubiese conflictos [nota del lector: papel que luego siguió EE.UU.]. Cuando el emperador francés Napoleón decretó en toda Europa un bloqueo comercial del Continente a las islas británicas fracasó porque todos los reinos buscaban trucos para eludir la orden y porque la flota naval británica era dueña de los mares.

Otro cambio que observa Ian Morris son las guerras populares que estallaron a partir de 1776. La insurrección de los colonos americanos y la posterior Guerra de Independencia solo fue el comienzo de las guerras nacionalistas y protagonizadas por el pueblo. Al poco, el pueblo y los burgueses tomaron el poder en la Revolución Francesa de 1789, en lo que sería otra movilización a gran escala que se saldó con miles o millones de muertos, sobre todo en el campesinado reaccionario y entre los aristócratas que no pudieron huir a tiempo. Napoleón llevó a la guerra popular a otra escala al movilizar a un ejército de un millón de voluntarios que no eran profesionales como las tropas de Prusia o Inglaterra pero estaban dirigidos por buenos oficiales. Este ejército popular se metió en un buen lío cuando Napoleón invadió España para obligarla a entrar en el orden continental y bloquear a Inglaterra. Los españoles se constituyeron en otro movimiento nacional y popular y sometieron a una pesadilla a las tropas napoleónicas a las que desgastaron con una guerra de guerrillas. Pronto todos los países se dieron cuenta de que el nacionalismo y el patriotismo servía para hacer ejércitos más poderosos y todos comprendieron la importancia de fomentar esas ideas populares. [nota del lector: pero un siglo después, lo que parecía una medicina mágica que lo curaba todo se convirtió en un veneno, siendo el más claro ejemplo la Alemania nazi ultranacionalista]

La guerra de 1914 a 1945

El autor estudia posteriormente el gran conflicto europeo de 1914 a 1945, que equipara a las Guerras Púnicas entre Cartago y Roma porque hubo dos guerra en medio de una tregua de 20 años. Morris recurre a la teoría de Mackinder en el que el mundo está dividido en tres bloques: el Núcleo (serían las estepas nómadas, desde Rusia a China), el Círculo Inferior (que serían los imperios orientales y europeos) y el Círculo Exterior (América, África subsahariana, Japón y Australia).
En el caso de la Gran Guerra del 2014, Alemania se unificó en un momento en que Gran Bretaña había dejado de ser la única nación industrializada y ya no tenía efectivos para vigilar el mundo como una policía mundial: los ingleses relegaron parte de las tareas en EE.UU. y Japón como ayudantes del policía mundial. En ese contexto, Alemania empezó a crecer e industrializarse y a iniciar políticas coloniales en África pero, en contra del consejo del cancíller Bischmark, que apostaba por una senda diplomática y de equilibro, el kayser comenzó a idear planes para "absorber" parte del Núcleo, concretamente los países no-rusos como el Báltico, Ucrania y Bielorrusia. Solo faltaba una excusa para invadir Rusia.
Por otra parte, la posterior matanza que luego se desencadenó tuvo mucho que ver con unas élites que no tenían piedad ni por su propio pueblo porque si no habrían detenido el baño de sangre que costó millones de vidas. En tanto, Inglaterra adoptó una estrategia para cercar comercialmente a Alemania, que dio resultado a largo plazo y que decidió la guerra hacia los aliados, a lo que también contribuyó la entrada al final de EE.UU. El autor señala que, al terminar la guerra, no se resolvió nada y el mundo siguió igual de inseguro que antes, porque los países perdedores se vieron abocados a guerras civiles (Rusia, Alemania), a lo que después siguió la hecatombe económica del Crash de 1929, y diez años después una segunda guerra, esta vez total.

El mundo post-soviético (1989-2017)

La Segunda Guerra Mundial enterró definitivamente a Gran Bretaña como policía global, ya en decadencia desde 1870, y puso en el mundo a dos policías globales: EE.UU. y la URSS, que se repartieron el planeta: el núcleo quedó en manos del Imperio Soviético y otros países comunistas (China), el flanco interior fue una zona occidental o no alienada (Europa Occidental, Asia del Este, India, Persia, Afganistán) y el mundo exterior quedó en manos de USA (Pacífico, Sudamérica). Cualquier injerencia en esas zonas de influencia suponía un conflicto entre ambos policías globales, como fue el caso de Vietnam, el conflicto de los misiles de Cuba o la guerra de Corea. Además, se siguió un proceso de descolonización, primero de la India, y después de toda África, que quedaron bajo control americano por estar en su área de influencia. EE.UU. evitó por todos los medios que no se instalase el comunismo en su área de influencia.
El mundo siguió con dos policías globales desconfiados siempre entre ellos hasta el punto de iniciar una carrera de misiles nucleares que quedó en tablas porque la destrucción mutua estaba asegurada (MAD). Todo ataque era un suicidio asegurado, como dedujo el ruso Petrov ante lo que era un fallo de su ordenador y fue el que evitó la guerra nuclear en los años 80.

Según el autor, el colapso de la URSS fue planeado en los años 50 por USA mediante una estrategia a fuego lento: hacer que el pueblo soviético comprendiese las condiciones miserables en las que vivía comparándose con la fiebre consumista de Occidente libre. A mediados de los años 80, la URSS habia sido derrotada por Afganistán, el petróleo se había desplomado de precio tras unos años de bonanza, y Gorvachov inició el desarme y el desmantelamiento de la URSS: permitió que Europa Oriental se marchase libremente de su influencia, disolvió el imperio ruso y liberó a las repúblicas del Cáucaso. En cinco años, la URSS se había disuelto como un azucarillo en un vaso de agua.
A partir de 1989, con la caída del muro de Berlín, y de 1991, con el desplome de la URSS, solo quedó un policía global: EE.UU. Fue entonces cuando los conflictos se multiplicaron, sobre todo a partir del 2011, pero el autor recalca que fueron guerras de baja intensidad (para EE.UU., se entiende), caso de la Guerra del Golfo, Irak, Afganistán... e incluso Sudán o Somalia. No había posibilidad de que se produjese un gran conflicto a escala mundial con cien millones de muertos, algo que era una alternativa posible en los años 80. En los años 90, 2000 y 2010, allí donde había problemas, acudía el policía global, aunque poco a poco empezó a automatizar la guerra para abaratarla con drones y otras tecnologías que no requieren tropas en tierra.

El autor afirma que ahora el conflicto se desplaza hacia el Este de Asia, concretamente a las islas que rodean China. Ese gigante económico tiene un potente ejército pero está enjaulado porque su costa está rodeada de una cadena de islas hostiles o patrocinadas por EE.UU. (Corea del Sur, Japón, Taiwan, Filipinas, Singapur, Indonesia). El autor sostiene que EE.UU. es el dueño del Pacífico pero que China quiere, por razones de defensa estratégica, romper el bloqueo de esta cadena de islas. Al carecer de flota o de un mar libre por el que navegar, se ve confinada a ser una potencia continental pero no global. Romper el orden en el Pacífico, el mar Americano, supondría un desafío total a EE.UU. Ian Morris sostiene que no habrá quiebras en el sistema actual quizás durante varias décadas pero teme que llegará un momento en que EE.UU., si continúa con su lenta decadencia a nivel internacional, se verá desbordado en su papel de policía global y tendrá que nombrar ayudantes, posiblemente China [nota del lector: y yo diría Rusia]. El autor teme que, al igual que ocurrió con el Imperio Británico (al permitir el crecimiento de Alemania o Estados Unidos), el propio policía global podría estar cavando su tumba al armar a los que en unas décadas serán sus competidores que lo desbanquen de su papel.

Ian Morris recuerda que se hacen muchos esfuerzos para que no vuelva a haber guerras pero él se teme que, en las próximas décadas, antes de 2050, que será inevitable una megaguerra de las de verdad con millones de muertes en todo el planeta, aunque puede que sea menos devastadora que las anteriores guerras mundiales. Eso se debe a que la guerra con robots será inevitable ya que nadie quiere perder esa ventaja militar (lo llama la carrera de la Reina Roja, una carrera armamentística). Esto se basa en la Historia de la Humanidad: primero se lucharon con ejércitos disciplinados a pie, luego con carros de caballos, con caballería, con armas de fuego, con armas nucleares... Y por otro lado recuerda que la guerra es el camino por el que optan aquellos que ven ventajas y algo que ganar. Cuando alguien va a la guerra es porque algo tiene que ganar, alguna recompensa. Mientras alguien haga sus cálculos y vea posibles recompensas, irá a la guerra. La idea de fondo es que la descomposición del Imperio Americano conllevará nuevas guerras y una gran batalla final entre EE.UU. y el país que lo sustituirá como policía global dentro de unas décadas. Sostiene que la situación actual se parece a la de 1910, con el Imperio Británico en horas bajas y una Alemania y un Japón en crecimiento económico desbocado.

Morris también explica cómo serán las futuras guerras. Ya las estamos viendo. En una caravana en una instalación militar de Nevada dos operadores eliminan a objetivos mediante drones a miles de kilómetros. Hacen la guerra cómodamente como si fuese un videojuego. Alguien ha pensado en una idea más eficiente: enviar cazas-robots guiados por un caza humano a la zona de combate. Los robots procesan la información más rápido que el ser humano, cuando estos piensen la maniobra los robots ya los habrán abatido. Por eso, será inevitable una nueva carrera para desarrollar robots asesinos y robots soldados, según afirma el autor.


"El año 1000", de Valerie Hansen (2020)

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